Cáncer de mama: cómo la actividad física ayuda a mejorar la calidad de vida durante la recuperación

Los ejercicios adaptados a cada etapa del tratamiento pueden contribuir a mantener la funcionalidad, disminuir algunos efectos asociados a las terapias y favorecer el bienestar físico y emocional durante el proceso de recuperación.
El diagnóstico y tratamiento del cáncer de mama pueden generar cambios en la movilidad, la fuerza y la capacidad para realizar algunas actividades cotidianas. Cirugías y terapias como la quimioterapia, radioterapia y hormonoterapia pueden producir efectos que requieren una evaluación especializada para favorecer una recuperación adecuada.
En este contexto, la rehabilitación kinésica permite identificar las necesidades de cada paciente y establecer un plan de trabajo de acuerdo con su condición y etapa de tratamiento. El objetivo es abordar las alteraciones físicas que puedan aparecer y entregar herramientas que permitan mantener el mayor nivel de funcionalidad posible.
¿Qué beneficios aporta la rehabilitación en las distintas etapas del tratamiento?
Después de una cirugía, la intervención puede enfocarse en recuperar progresivamente el movimiento, la fuerza y la funcionalidad, además de prevenir o tratar algunas complicaciones asociadas al procedimiento. La evaluación también permite determinar qué ejercicios pueden realizarse de manera segura y cuándo es conveniente aumentar su intensidad.
“Durante una cirugía, por ejemplo, pueden aparecer efectos secundarios como dolor, fatiga, alteraciones de la movilidad y la postura, debilidad muscular, linfedema y seromas. Mediante la kinesiología podemos abordarlos con distintas técnicas que fundamentalmente abarcan el ejercicio físico, la terapia de la piel y la educación a la paciente”, explica Gabriela Fernández, kinesióloga oncológica de Clínica Santa María.
La actividad física puede incorporarse de manera progresiva durante el tratamiento, siempre de acuerdo con la evaluación y las indicaciones del equipo tratante. Caminar, subir escaleras, realizar ejercicios de respiración, andar en bicicleta o practicar natación son algunas alternativas que pueden formar parte de una rutina, considerando la condición física de cada persona y su evolución.
Las necesidades también pueden variar según la terapia recibida. Durante la quimioterapia, por ejemplo, se busca evitar el reposo prolongado cuando no existe una indicación médica para ello; en la radioterapia, la rehabilitación puede orientarse a conservar la movilidad y elasticidad de los tejidos, mientras que durante la hormonoterapia puede ser relevante trabajar aspectos relacionados con la salud ósea y muscular.
La continuidad de estos cuidados también es importante una vez finalizadas las terapias. Incorporar actividad física de manera gradual y reconocer las propias capacidades permite mantener los avances alcanzados durante la rehabilitación y favorecer una vida activa de acuerdo con las condiciones de cada paciente.
“Una parte importante del proceso es que la paciente pueda reconocer cómo responde su cuerpo frente al ejercicio y aprenda a adaptar las actividades a sus propias necesidades. Esto permite que las herramientas trabajadas durante la rehabilitación puedan mantenerse en el tiempo, incluso después de finalizar los tratamientos”, señala la especialista.
De esta manera, la actividad física puede convertirse en un recurso que acompañe distintas etapas del tratamiento y la recuperación. La orientación profesional permite definir cuándo comenzar, qué ejercicios realizar y cómo progresar de forma segura, considerando siempre la situación particular de cada paciente.